Dido y Eneas
Efecto de Amor
Ensimismado corazón el del desesperado amado
que en pretensión de buey
hace las veces de jornalero
de una tierra infinita.
Pesado e inútil es el yugo
que esbara en tu cuello,
ahogado en lágrimas de mayo.
Y poderoso el daño
que en ti merma
tumbando tu alma espumosa.
L.B. Turlo
Recuerdos y Canto desesperado
que van errando en busca de cobijo,
ya se oye el silbo de su vuelo
que de ávida codicia me requieren.
El viento les empuja
a su fin y a su principio,
me horadan sin consuelo
y me asedian en su mundo.
La bruma embrutece la visión
de lo que un día fue
y al siguiente ya no.
Pero en la oscuridad del recuerdo
tibios claros distingo y
yo me aferro a ellos.
Dolor, tormento, pena, congoja
en ellos encuentro,
pero también vislumbro
afecto, apego, ternura, pasión.
Rasgadas las mejillas tengo
y ásperas sendas, recuerdo,
de las escarchadas lágrimas,
hasta mi día en el Erebo.
¡Oh Eros odioso!
hirientes rehiletes dorados
clavaste en mi corazón.
Como el sajador que sangra,
yo lo sufro y amarro mi nave
al último puerto de mi viaje.
El iracundo Eolo te arrojó
a la dulce tierra de mi cuerpo,
lozano y bruñido tesoro
entregado por amor a ti.
La Aurora acarició nuestros áridos cuerpos
con sus lágrimas de rocío
disputando cada parte de tu cuerpo,
besando tu imberbe torso.
Mi corazón cayó de bruces ante ti
y tus marineras manos rozaron mi cuello
estremeciendo mi alma.
La noctámbula luna salió a nuestro encuentro
lanzándonos bramantes de miel,
hilados de su savia.
El amor guiaba nuestros sentidos,
volamos por el azulino cielo,
las rosas techaban nuestro tálamo
y Febo alumbraba nuestra senda.
Pero que destino aguardaba la Fortuna
en su desdichada ruleta,
que destino fatal acechaba
nuestras inmaculadas almas.
Las estrellas danzaban por el cielo oscuro,
y de él descendió
el mal sueño que nunca soñé.
El heraldo marcó las nuevas,
que de olímpico deseo
eran dictadas.
Tu recuerdo es lo que veo partir.
Mi corazón es un encono salado
que jamás podrás ya expugnar
con tus gratas lanzas de amor.
El viento se lleva tu alma.
Y la mía.
En el horizonte se unen los besos
que un día hicieron llorar la tierra.
No volveré a besar tu hendido labio carnoso,
no volveré a rozar tu cuerpo con el mio.
Tampoco quiero volverte.
En el mar de mi corazón
un barco naufraga
y en él hondea la bandera del amor.
Ya no hay lugar en este mundo
en donde yo sea feliz.
La muerte será el bálsamo
que cubra la desdicha de mi vida.
¡Que las bestias nocturnas de la noche
canten un réquiem en honor
a un alma enamorada
de una vida sin amor!
Que el fuego transforme mi cuerpo en polvo
y que el viento del este
conduzca mi alma hasta el reino de los muertos.
En el fin de mis días me encuentro
con los manes de mi estirpe
y el recuerdo de lo vivido.
La oscuridad y las sombras me llevan.
El amor no se detiene ante nadie,
ni ante los muertos.
Te sigo amando.
L.B. Turlo